Educación, reindustrialización y nuevo acuerdo comercial

Eduardo Pérez Haro • 16 de octubre de 2018
USA Today

 

El último día de septiembre pasado se consiguió el Acuerdo sobre comercio entre México, Estados Unidos y Canadá tras el cierre de negociaciones entre estos últimos dos países, de manera que el preliminar que México había alcanzado con Estados Unidos, se eleva a la condición de un acuerdo trilateral en relevo del Tratado de Libre Comercio que entró en operación el 1° de enero de 1994.

 

Una consecución que en todo momento parecía expuesta a las veleidades del extravagante presidente estadunidense, y al eventual rechazo que pudiera perfilarse por parte del presidente electo en México; sin embargo, ninguna de estas posturas tenía una base de posibilidad real. Habrían de imponerse las fuerzas reales del entramado comercial entre estas naciones. México cedió y Canadá también, Estados Unidos se impuso en lo fundamental.

Mucho habrá que analizar y enjuiciar sobre las particularidades de cada capítulo, el texto está para su revisión en los congresos de cada país y la rúbrica se perfila para fines de noviembre, no obstante, podemos advertir que entre lo más destacado está el acotamiento que sufre la práctica de importaciones de terceros países para la integración de productos hechos en México destinados a su exportación al mercado norteamericano, como se sucede en la industria automotriz, donde el porcentaje de integración regional se eleva de 62% a 75% con el agregado de que esta porción de componentes y partes se hará por cualquiera de los tres países, siempre y cuando un mínimo de 40% provenga de empresas cuyos salarios se paguen a 16 dólares por hora. Y la exportación podrá ser de hasta 2 millones 600 mil unidades vehiculares, con lo que México queda jaqueado.

México no podrá integrar con partes importadas en un alto porcentaje del vehículo final y, a la vista, no tiene capacidades para producir esas partes internamente, mucho menos con salarios hasta diez veces mayores a los que paga y cuando lo haga será hasta una cantidad determinada de vehículos pues lo que sobrepase tendrá un impuesto para el comprador, que lo hace tan caro como inviable. Ante esas condiciones, gran parte de la industria automotriz podría salir del territorio nacional.

Nuestro país no hizo la tarea tras la firma del TLC, pues el tiempo de desgravación, que para este caso fue de 20 años, no lo aprovechó para instalar capacidades propias de tecnología e infraestructura que a estas alturas le hubieran permitido enfrentarse a la competencia mundial y de Estados Unidos. En lugar de ello, optó por la ganancia fácil, prefirió descansar en la explotación de fuerza de trabajo barata, importaciones de partes y componentes, y conceder prebendas en servicios y tarifas para asociar a las firmas extranjeras y, así, México logró un crecimiento extraordinario de sus exportaciones, al grado de ganarle posibilidades a la empresa norteamericana. ¡Pero oh sorpresa!, Estados Unidos nos llama a la mesa de negociaciones y revierte las condiciones para los próximos 16 años que tendrá de vigencia el Acuerdo. Y aunque esto que decimos aplica para la industria automotriz, en general pauta la lógica del nuevo instrumento comercial.

El modelo que había posibilitado “el milagro mexicano” había dado de sí desde mediados de los años 60. A principios de los 90, el libre comercio era el código de intercambio que sobrevenía a nivel mundial y a cuya preponderancia nadie escaparía. Bajo el imperativo de la circunstancia, México se adecuó a la alianza propuesta en el marco del TLC, pero no hizo lo propio, tampoco Estados Unidos y ahí está, cascabeleando la máquina en una “guerra comercial” contra China, pero eso es harina de otro costal, aquí lo importante es reconocer que México se desentendió del proceso de integración gradual de un aparato productivo interno desaprovechando los ingresos por exportaciones y de la renta petrolera, y al no hacerlo ahora está desprovisto de capacidades para responder a las condiciones impuestas en el nuevo Acuerdo comercial.

La mecánica de importar para exportar queda arrinconada a su menor posibilidad, por lo que el esfuerzo de reindustrialización se coloca en el centro de la estrategia del cambio que no puede ser concebido sin este eje ordenador. No obstante, este imperativo coincide con el sentido expreso del presidente electo de poner en el primer plano de la estrategia el desarrollo del mercado interior, empero no puede quedar atrapado en una idea meramente distributiva como motor del crecimiento. Todo acomodo distributivo tenderá a su agotamiento si no existe una estrategia basada en el ingreso competitivo desde la capacidad y desarrollo endógenos.

Una ecuación que parece simple, pero que no termina de mostrarse en el lugar preminente que tendría que ocupar con todas sus características y alineamiento de factores, sectores y arreglos políticos y legales. El proceso de reindustrialización en cuestión, por principio de cuentas, tiene que resolver el piso básico de educación, ciencia, tecnología e innovación, capacitación, aprendizaje socio-institucional, alinearlo al acoplamiento de nuevas tecnologías que crucen en el grado y pertinencia posible de cada sector, rama, producto, a efecto de integrar bajo esa premisa las redes de valor y desde la égida del Estado alinearlo a un patrón de producción-consumo concordante con la vida buena dejando de auspiciar productos nocivos a la salud, al medio natural y proclives a la inseguridad y la violencia.

Sin moralinas ni prohibiciones, habrán de sucederse producciones contaminantes, afectaciones del medio natural, manipulaciones mediáticas y muchas formas del flujo dominante de ofertas y consumos nocivos, pero que, en principio, no corran con el auspicio del Estado, a efecto de canalizar las fuerzas y recursos públicos para posicionar o reposicionar patrones de ampliación del mercado como base de crecimientos con perspectivas constructivas que vayan desplazando la vorágine del mundo con dirección de la sobreproducción virtual de mercancías tradicionales y por consecuencia a la crisis, incluso, la guerra, que nadie advierte porque ahí están los maquillajes de la política, la economía, el discurso y las comunicaciones, pero que en el fondo se alcanzan a escuchar los crujidos de su eventual eclosión.

La ecuación del desarrollo tiene pues, un principio de aprendizaje acorde a los umbrales tecnológico-productivos que dominan las condiciones medias de producción y por ende la formación de precios de todas las mercaderías a nivel del sistema-mundo, digamos que este es un requerimiento ineludible de la economía que habrá que concebir, mas no vuela por el hecho de concebirlo, es preciso que se convierta gradualmente en una discusión de las sociedades de base. La ecuación sin representatividad no es poder verdadero y poder sin ecuación para el desarrollo no tiene futuro.

La diferencia entre los países no desarrollados y los países desarrollados o en ascenso como los escandinavos o buena parte de los asiáticos, está en la conjunción del desarrollo endógeno y el concurso internacional, lo que no implica la sugerencia de una dicotomía simple. Cada país se resuelve en una vía específica en función de sus bases históricas, culturales, de localización geográfica, de instituciones y capacidades, con expresión reconocible en la correlación de fuerzas sociales y políticas.

La reindutrialización como eje ordenador y la educación, ciencia y tecnología son premisas del desarrollo interno, que implican más que mercado interno de consumo final promovido con el gasto público. Se precisa desagregar la vía y arraigarla en la conciencia de las sociedades de base con inclusión de roles o la correlación de fuerzas que se alcanzó el 1° de julio, tarde o temprano, puede revertirse ante el descuido de vertebrar la capacidad de competitividad-ingreso, más aún en el marco del nuevo acuerdo comercial con Estados Unidos y Canadá.

 

eperezharo@comunidad.unam.mx

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