¿Continuidad?

Eduardo Pérez Haro • 26 de diciembre de 2017

Para Tomás Correa

 

Por si el fracaso en la economía y la seguridad no fueran suficientes para reconocer los saldos negativos de la administración de gobierno encabezada por Enrique Peña Nieto, ahora se ventilan los desvíos de recursos públicos a campañas electorales como colofón de una señalada práctica corruptocrática que tiene como evidencia a varios muchos gobernadores prófugos o tras las rejas sin que otros dejen de ser señalados por lo mismo.

 

Que las reformas estructurales responden a un trazo de mediano plazo y que por eso aun no es tiempo de cosechar resultados no es más que un ardid argumental para quienes tienen el temor de hacerle frente a la crítica directa de su desatino y terminante fracaso o para quienes así lo creen por simple alineación tecnocrática en ausencia de análisis propio, alterno o diferente o peor aún, para quienes así lo asumen por subordinación política a los poderes fácticos de las élites que se han favorecido a su amparo y al margen de sus implicaciones sobre las poblaciones que han sido desplazadas en ausencia de la mejor forma de fincar un crecimiento económico sólido y de mayores posibilidades para un desarrollo menos desigual.

Incremento de la deuda hasta que fue frenada por el FMI y el BM, debilitamiento desproporcionado del peso frente al dólar, incremento incesante en las tasas de interés, inflación por encima del doble estimado en los criterios de política económica, debilitamiento de la formación del capital fijo por declive acentuado de la inversión pública y privada, caída en la producción y los ingresos del petróleo, reordenamiento previsiblemente negativo en el comercio exterior como resultado de la renegociación del TLC y el consecuente desaliento de la inversión extranjera en México por la ventaja que implica la reciente reforma fiscal en el vecino país del norte, son algunos indicadores del balance económico de la administración de gobierno que perfila su término en el 2018 y su desfavorable secuela para el 2024.

Que la inseguridad y violencia que se extiende a lo largo y ancho del territorio nacional, tiene un caldo de cultivo en el precarismo del empleo y el debilitamiento del ingreso con su correlato en el incremento de la población en edad de trabajar, es un hecho ineludible por más que se exhiban las cifras de formalización del empleo y los realces en el consumo de las tiendas de autoservicio.

Pero más aún, en el curso de la presente administración de gobierno, no sólo no se pudo levantar la economía y, particularmente, el empleo y el ingreso de l@s trabajadores que están en la base de la creciente inseguridad y violencia, sino que se traicionaron los trazos políticos de un esquema de seguridad basados en la prevención del delito y la especificidad del combate a los estigmas de la violencia como son el secuestro, la extorción y el crimen, con tal de construir clientelas electorales, como bien lo señala Eliana García, con lo que se terminó por desafiar al crimen todo y repetirse, con el régimen calderonista, en una guerra incontrolada que se ha diseminado en formas y alcances inasibles e indescifrables.

Por si el fracaso en la economía y la seguridad no fueran suficientes para reconocer los saldos negativos de la administración de gobierno encabezada por Enrique Peña Nieto, ahora se ventilan los desvíos de recursos públicos a campañas electorales como colofón de una señalada práctica corruptocrática que tiene como evidencia a varios muchos gobernadores prófugos o tras las rejas sin que otros dejen de ser señalados por lo mismo, aunque aún no incriminados, poniendo en evidencia no sólo un mal uso de los recursos del erario sino la práctica de sustracción y escamoteo de apoyos sociales en desnudo de la debilidad progresiva de la ayuda social a los segmentos de población más necesitados y contrario a los reclamos de justicia como lo desvela el caso de los normalistas de Ayotzinapa.

Mala administración y equívoca gobernación, que además malversa, oprime y reprime a cambio de la protección de aquellos capitales de la producción y el comercio interior y, sobre todo, exterior, que tras hacer grandes ganancias ayudan a crear los agregados económicos con los que se viste y reviste el discurso de gobierno al amparo de la liturgia que le posibilita la manipulación de la teoría económica y la estadística descriptiva, haciendo una feria de cifras y palabras alegres sobre la estabilidad macroeconómica y la solidez de la economía mexicana, un discurso en el que se siente obligada la tradición gobernante en el devenir de su dominación secular.

Sobre estas bases podría suponerse que la idea de continuidad no es precisamente la mejor idea, pero es de entenderse que el elegido para el PRI no está para reproches, no sólo por haber sido conspicuo integrante de la administración de los elementos que nos arrojan debilidad creciente, inseguridad e incertidumbre (arriba referidos) sino porque, paradójicamente, esa es la premisa de su suerte, pues de no haber este cuadro terrorífico, el candidato hubiese tenido un nombre emparentado con el primer círculo del presidente y del PRI. Así las cosas y, no obstante, él y su padrino saben que el amplio sector popular, importantes segmentos de las clases medias, incluso la gran mayoría de los pequeños y medianos empresarios, no simpatizan con la idea de continuidad y ese es su principal temor y verdadero adversario de sus intereses.

Pero a nosotros nos inquietan otros asuntos que se adicionan para complicar la perspectiva de continuidad, primero que los saldos negativos de la administración que entra a su fase terminal, no sean más que un agregado a los rezagos estructurales (en la tecnología, la infraestructura, la capacitación del trabajo, la organización laboral, la educación y la producción general, la dependencia financiera y la ausencia de acuerdo social) acumulados por prácticamente medio siglo, el mismo tiempo que otros países aprovecharon y hoy pelean la hegemonía de Occidente desde las lejanas tierras de Oriente, y esa es, la segunda gran cuestión que se agrega para complicar la perspectiva próxima de México: el ocaso occidental encabezado por Estados Unidos, balbuceando en medio del nubarrón que ensombrece la globaliz@ción.

Las reformas estructurales no habrán de madurar en el tiempo porque dependen del arreglo doméstico de Estados Unidos y del arreglo de México con la aun principal potencia del mundo que ahora se procesa a la baja en el marco de la renegociación del TLC, porque dependen del realce global que está en entredicho por la preminencia monopolitóxica del sistema financiero, lo cual configura malas noticias para las aspiraciones de los sectores medios de profesionales y empresarios, y ni en el mejor escenario de posibilidad, las tristemente célebres Reformas Estructurales, prenden luces para el empleo y el ingreso de los trabajadores porque sencillamente no están concebidas en ese engranaje. De manera que la continuidad es una mala idea técnica y una mala idea social por lo que le convierte de suyo en una mala idea política.

La continuidad se reduce a una idea conveniente sólo para el gobierno y el PRI de Enrique Peña Nieto, a la burocracia mundial le conviene el resguardo de sus intereses que presupone continuidad de los esquemas de política económica bajo el control monetario que se práctica desde el Banco de Pagos Internacionales (Bank for International Settlements) que ahora dirige el ex director del Banco de México Agustín Carstens y el propio Banco de México dirigido por Alejandro Díaz de León que entró en funciones este 1° de diciembre y concluirá hasta el 31 de diciembre de 2021. Con lo que el proyecto de continuidad, en gran medida, está amarrado desde la élite financiera internacional, en lo que hace a la acción sustantiva de la administración, mas no sólo eso sino porque los organismos financieros internacionales también saben de José Antonio Meade, lo demás queda en el ámbito de los intereses domésticos que no por ello son desestimables dados sus márgenes de actuación y maniobra y, que, a estas alturas, son los del gobierno por concluir o renovarse.

 

eperezharo@gmail.com

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